martes 12 de agosto de 2008

Calles cerradas

Volviendo de jugar tennis hoy por la tarde, encuentro en mi camino algo a lo que debería estar perfectamente acostumbrado, pero que en vez me llama la atención hasta el punto de las maldiciones: el maldito tráfico de Lima. Ante la sagaz idea de los asesores del alcalde de cortar simultáneamente todas las rutas que conducen al lugar donde el conductor Z desee llegar (conductor Z, según la ley de Murphy, vendría a ser siempre uno), hay poco que no se pueda ver en estos días en las avenidas principales de Lima: autos entrando donde no se supone que puede entrar ni siquiera una persona, conductores que parecen más bien psicópatas eligiendo a la nueva víctima, intentos de sinfonía con bocinas que difícilmente logran pegarle a un acorde. Todo lo cual me lleva a apagar el motor, subir el volumen de la radio y esperar a que la congestión disipe. Asumiendo que ese tipo de atoro solo puede ser producido por un ser humano (afrontémoslo, los semáforos suelen ser considerablemente más justos y eficientes que los policías de tránsito), y que a la vez el corte de calles solo puede ser producido por otro ser humano (el diálogo debe ser algo como "¡uy!, ¡si cortamos esa calle también van a tener que desviarse quince cuadras más!"), empiezo a preguntarme seriamente por nuestra capacidad de dirigir de forma segura este planeta.

Simultáneamente, empiezan a sonar los dos malditos celulares, probablemente uno sea una cita para la cual estoy tarde y el otro la cita para la cual lo estaré después. Podría, claro, tomar una foto del tráfico y dar a entender que realmente ha sido algo imprevisto, pero de todas formas siempre he considerado que echarle la culpa al tráfico en esta ciudad es una especie de cliché. Podría inventarme una mentira ingeniosa, pero tampoco tengo ganas.

Ah, y entonces me viene a la mente el lío que se ha armado en un club que frecuento, poco más complejo en su hilación que ese tráfico idiota producido por un policía que calculó mal el número de autos antes de seguir dando pase o algo así. Ingredientes: una separación difícil, un personaje que viene a ser un perfecto imbécil y una nueva pareja que sabe ganarse la amistad del resto. Odio ese tipo de complejos tanto como puedo odiar a los señores que se encargan de mantener rotas nuestras calles por un sadismo disfrazado de proyecto ciudadano. Es allí donde llego a la conclusión de que el mejor lugar para estar es dentro del auto, pensándolo bien, no se está tan mal. Todavía varios discos por oír, aire acondicionado, gente que observar por si nos aburrimos de fijar la mirada expectante en la hilera de autos que continúa más allá...

Poco después los autos empiezan a avanzar y a mí el pensamiento no se me va del todo. No podemos culpar a otras personas de los males que nos acechan, es cierto. Pero podemos y debemos denunciar la estupidez que provoca los conflictos. En ese momento pienso en Georgia, en Rusia, en el fútbol o en los idiotas que prefieren transmitir la novela antes que las Olimpiadas. Y sé entonces que por más complejo que pueda parecer un problema, por más detalles y variables que pueda tener, todo se resume al mismo punto: algún idiota que levanta la mano antes de tiempo, firma lo que no ha leído, se queda dormido cuando el profesor explica la manera de mantener estable lo que de otra forma hará explotar el laboratorio.

Temo más a ese nivel de estupidez que a la inteligencia volcada al mal. La inteligencia puede calcular minuciosamente el juego, pero la estupidez siempre escapa a su red de deducción: la inteligencia planea todo lo que puede, pero la estupidez es impredecible.

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