lunes 25 de agosto de 2008

Marcha de antorchas

Después de la cena me doy cuenta: la ciudad está completamente destruida. Así que es posible ir y enfrentarme a quien merece mi venganza. Primero un cerdo putañero de recursos varios. Sería conveniente dejar una nota a su familia:

"No lo esperen, no va a volver. Así que ya lo saben. No sirvan su plato ni gasten sus llamadas. Si supieran la verdad, lo habrían muerto antes de engendrarlo".

Necesitaría una navaja grande y un cuchillo para destripar ovejas. En el camino encuentro un perro atrapado en una de las trampas. Lo curo y continúo mi camino. No hay autos porque nadie puede sacarlos de sus casas. La ciudad se ve tan tranquila. Los pocos transeúntes nos saludan todos. Con gestos amables. Sacándose el sombrero.

Después de destajar al cerdo, habremos de entregar al viejo peligroso. La policía lo busca, pero no harán nada si lo encuentran. Los caníbales seguro podrán divertirse. Divertirse con su cuerpo. Aunque el sabor lo traicione. Y no volverá a amenazarlos, niños. No volverán a tenerle miedo. Acorralen a la rata y no den vuelta atrás. El caldero está encendido hace tanto tiempo.

De vuelta, las calles no estarán listas. No intenten buscar rutas alternativas. Ya no existen, no existen. Las calles paralelas están todas clausuradas. Empalmemos ruta a conversar con el señor alcalde.

No se olviden del caldero.

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