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"¿Cómo estás?", preguntó ella. Y no supe qué responder. Intenté empezar una respuesta más de una vez, pero no me salía un "bien" o un "mal" o cualquier otra cosa que zanjara la cuestión. Dije que asumía que bien. Me dijo "no asumas, dime que estás bien". Dije "no". No sé por qué. Era cierto, pero no sé para qué decir la verdad cuando es una de las cosas en que no soy bueno. Hubo un silencio largo en que ninguno de los dos supo qué decir. Luego vino una broma sin gracia, luego algún comentario de más y luego el clic del teléfono. Y después vino otro silencio, solo que esta vez tuvo poco de incomodidad y más bien mucho de alivio.
No puede ser, pensé, que tu ausencia me resulte más cómoda que tu verdad. No puede ser. No puede ser.
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