viernes 12 de septiembre de 2008

Un día de septiembre, en el cenit

Nos miramos a los ojos. Ella lloraba. Yo me mordía los labios. El mar estaba lejos, pero podía oír el ruido. El dolor crece, a veces el dolor crece, pensaba. Ella se acercó y la rodeé con los brazos. Y la sensación de dolor creció, pero junto a ella el deseo de superarlo, de aferrarme con fuerza.

Ya más tarde, nos besábamos en otra calle oculta de esta ciudad gélida. Cuánto del dolor transmuta en esto que es amarte. Te escuché y me acariciaste. Y te conté una leyenda que llevo en la piel. Te sentí acercarte, buscar refugio contra mi cuerpo helado. Y entonces me di cuenta de la forma que creaban nuestros cuerpos. Somos los anillos enlazados del infinito.

Te das cuenta, te das cuenta lo insignificante que es el mundo

bajo nuestras sombras.

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