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miércoles, 16 de febrero de 2011

Belle & Sebastian - If You're Feeling Sinister (1996)

Algunas veces nos encontramos cara a cara con la verdad. Supongo que pasa porque nos mentimos todo el tiempo. Algunas veces uno se siente en la cima del mundo, dice las palabras exactas, escucha lo que quiere y convierte esos momentos en una especie de proyección hacia el futuro con el que soñó siempre. Entonces aparece la realidad: somos asfixiantes, horriblemente sobreactuados, un enemigo de nuestras propias buenas intenciones. Odio esa sensación. Odio descubrirme debajo de mis propias emocionalidades, descubrir que me doy espacio para confiar y que, al final, vivo engañado por mis propios deseos de esperanza. Esos momentos son eso tan siniestro de lo que habla este disco.

Sin duda alguna, creo que estamos frente a una de las más grandes proezas musicales de las últimas décadas. Pocas veces una banda consigue aislar en un solo disco historias de adolescentes con problemas, crisis de fe, disyuntivas sexuales, problemas de universidad y, sobre todo lo demás, la sensación de que todo es terriblemente vano. Son canciones tristes, no en el sentido en el que la tristeza se equipara con la pesadumbre, los tiempos prolongados y las melodías apagadas. Stuart Murdoch es mucho más brillante que eso. Estas canciones son tristes porque nos hablan de la realidad que vivimos evadiendo todo el tiempo. De cómo todos los escapismos son placebos que no pueden durarnos demasiado tiempo.

Reseñar este disco 15 años después de su aparición significa hacerle una especie de homenaje, quiérase o no. Es casi imposible hablar de él sin añorar. Porque al final es también el alma del álbum: ese deseo de aferrarnos a momentos que sabemos van a terminar. Puede ser un gran libro, o un instante de perfecta devoción, o un fin de semana de sexo casual. Todo lo fugaz, la juventud, la escuela, un viaje en tren, es una excusa para reencontrarse con esa esperanza, vivirla al máximo y dejarse luego llevar por el dolor. Quizás el más grande paradigma es "Mayfly", que recibe su nombre de una mariposa que en castellano llamamos "efímera", pues solo vive 24 horas y su único fin es procrear para prolongar la existencia de la especie. No es extraño que sea referencial a la virgen María, Stuart Murdoch es también conocido por ser un católico más que aplicado.

Hay dos grandes caminos en este disco. Primero, el disco arranca con la fabulosa "Stars of Track and Field", una de las canciones más brillantes que ha compuesto la banda. Las vocales de Murdoch dan inicio al disco casi sin querer, como haciendo lo único que se puede hacer cuando todo va cuesta abajo. Pero luego la música triunfa sobre la cadencia y para el momento en que estamos sumergidos en el tema hay una explosión vital que "celebra" la victoria de lo mundano sobre lo espiritual. El segundo camino empieza recién en la cuarta canción, "Like Dylan in the Movies". Otro tema brillante. La nostalgia brilla en un tema que puede no tener las explosiones momentáneas de los anteriores, pero que posee una fuerza interna capaz de causar un cataclismo emocional en el oyente. El problema es que, una vez que este tema termina, no tenemos otro referente verdadero de la tristeza en su estado puro. Ni "Fox in the Snow" ni "The Boy Done Wrong Again" ni la canción que da título al disco alcanzan ese estatus de himno. Sobre todo aquellas dos, son más bien asfixiantes por momentos. En cambio, el primer camino sigue firme con "Get Me Away From Here, I'm Dying" y, sobre todo, con "Judy and the Dream of Horses", uno de los cierres más brillantes que he oído en ningún disco.

Y sin embargo, 15 años después, son también esas canciones las que me parece que hacen a este disco perfecto. Porque la brillantez musical no es solo la capacidad de hacer buena música, sino de sentirla. Y canciones como "The Boy Done Wrong Again" me parecen un ensayo perfecto a la imperfección: una canción con sus propias fallas y sus propias carencias, pero que se convierten por ello en un himno perfecto de esa sensación espantosa de saberse totalmente miserable ante la realidad que viene a pasarnos la factura de haber sido felices por un rato. Cuando Murdoch canta "On Saturday I was an angel shining fair./You shone louder, longer, you put my shine to shame. Put me to shame now", y cuando completa con una línea tan trágica como "what is it I must do to pay for all my crimes?/What is it I must do? I would do it all the time", sé que estoy ante la imagen misma del dolor, de la desolación que uno solo puede sentir cuando se ha atrevido a vivir más de la cuenta, a amar completamente, a exponer hasta sus lados más fallidos en la esperanza de que sean amados tanto como nuestros aspectos más hermosos.

Quizás para mí nunca funcione. Pero sin duda alguna, yo amo este disco con todos esos momentos que me recuerdan lo sencillo que es volverse siniestro para las personas que amamos. Veo su vulnerabilidad como quisiera que alguien pudiera ver la mía. Y mi amor entonces se vuelve algo tan sincero y humano como mis momentos de dolor, cuando me siento verdadera y solitariamente siniestro.

lunes, 1 de noviembre de 2010

The Pains Of Being Pure At Heart - The Pains of Being Pure at Heart (2009)

A veces uno necesita más y más de esto. Es adictivo como el amor. Un Twee Pop rosa que se funde con unas gotitas de noise y hace la combinación perfecta para lo que sea: emocionarte, hacerte bailar como un marciano mientras te alistas para salir de casa, mover la cabeza hasta que te da migraña, portarte como un niño tonto, que en el fondo es una forma de decir que eres feliz en un momento concreto de tu vida.

Este disco es absolutamente claro en su planteamiento musical, en su concepto, en su propio nombre. Tiene que ver con ese retorno al amor adolescente, a la pasión desenfrenada, el descontrol hormonal, la vida como se percibe cuando lo único que nos preocupa es ver a esa persona el sábado siguiente, o vivir intensamente todo. Cuando tienes 15 años aceleras más, gritas con más fuerza, subes más el volumen solo porque sí, y cuando caes enamorado, caes sin arnés de seguridad, directo hasta el fondo del pozo.

Mucha gente dice que la adultez tiene que ver con aprender a dosificar estas cosas. Que uno adquiere responsabilidades, ve el mundo con otros ojos, no se puede dar más el lujo de vivir al límite. Supongo que en parte es verdad, hay momentos de la vida en los que uno solo quiere paz, la quietud perfecta para disfrutar de lo hecho y lo que queda por hacer. Pero también hay días, momentos, qué sé yo, ciclos completos, en los que uno necesita recuperar esa inocencia, esa pureza del corazón, como lo llamarían los TPOBPAH. O sea, darle más y más al volumen, cantarle a las cosas triviales que son absolutamente trascendentes, sentirse más niño que nunca.

Una auténtica celebración a la energía vital que confiere la despreocupación, este es un disco que crece en uno, hasta volverse casi una adicción. Oh, coincidencia, como las pasiones adolescentes. ¡Bien por uno! Que vivan las personas que nos hacen sentir eso.